Monday, September 5, 2011

"Hay que seguir buscando, buscando, siempre" Por Alberto Lauro


"Hay que seguir buscando, buscando, siempre"
La gran bailarina Rosario Suárez habla sobre su carrera, su inicio como actriz y de un documental por estrenarse

Por Alberto Lauro
Madrid/Diario de Cuba/31 de mayo de 2011

Rosario Suárez ha vuelto a Madrid invitada por la Asociación de Profesionales de la Danza. Conserva ese halo de misterio que la convirtió en una de las artistas más reconocidas del ballet de Cuba. Charín, como la llaman sus amigos dispersos por el mundo, tuvo desde siempre su reconocido club de fans en la Isla.
Nació en La Habana en 1953. En 1968 ingresó en el Ballet Nacional de Cuba dirigido entonces por Alicia y Fernando Alonso. Allí permaneció durante 26 años como Prima Ballerina. The New York Times, Los Angeles Times y el Washington Post aclamaron sus actuaciones. Críticos tan exigentes como Clive Barnes, Walter Terry, Irene Lidova, Anna Kisselgoff, Donna Perlmutter o Bengt Häger han reconocido su virtuosismo. En estos momentos el cineasta cubano Orlando Rojas ultima un filme sobre su reconocida trayectoria: Bailarina sola busca compañía.

¿Qué significa para ti regresar a Madrid? Cuéntanos lo que te ha impresionado esta vez.
Madrid es una ciudad intensa y hermosa. La visité por primera vez en 1969, cuando formaba parte del cuerpo de baile del Ballet Nacional de Cuba (BNC), y aquí bailé mi última Giselle, veinticinco años después. Durante años viajé regularmente con el BNC. Luego viví por más de dos años en Madrid y conocí de cerca lo amplia que puede ser la vida de la danza en esta ciudad. Trabajé en el Real Conservatorio de Madrid, bajo la dirección de Virginia Valero, donde me sentí siempre como en familia. El ambiente era de constante aprendizaje. Al mismo tiempo estuve con Víctor Ullate y fue una gran oportunidad conocer su trabajo. Ullate tuvo incluso la amabilidad de permitirle a mi hija Paula que tomara allí sus clases de ballet. Yo acababa de dejar mi país, y fue un período intenso y duro. Estimulante y, al mismo tiempo, doloroso. Pero nunca me faltó el apoyo de los amigos, cubanos algunos, otros españoles.
Al dejar el BNC intenté establecerme en Madrid. No fue posible. A mi hija, a mi esposo y a mí se nos impidió que nos quedáramos, ya que no teníamos el modo de regularizar nuestra situación migratoria. Creo que nadie pudo comprender esto, pero así fue. Tuvimos, pues, que decidir viajar a Estados Unidos para sentir que teníamos derecho a algo, para estabilizar la vida de la familia. Y sin embargo, siempre me sorprende lo cerca que estoy de Madrid y de tantos queridos amigos que viven en ella.

¿Qué fue el ballet para ti siendo niña y adolescente?
Fue y es una atracción de la que no puedo librarme. Aunque pensándolo bien, ¿se puede llamar "atracción" a lo que ha sido el sentido de mi vida? En agosto del año pasado, estrené un espectáculo con textos que Abilio Estévez escribió expresamente para mí. Por primera vez tuve que usar la voz en la escena. Muchos me preguntaban por qué estaba yo dando este paso hacia el teatro, y fui muy honesta cuando respondí: "Es que no puedo dejar de bailar".

¿Quiénes fueron tus maestros y qué papel jugó Fernando Alonso en tu carrera?
Menia Martínez fue mi primera maestra, en la Escuela Provincial de Ballet, en L y 19. Allí estuve desde los 8 años hasta los 12. Menia era de una belleza cautivadora, y tenía el poder de hacer que una piedra se enamorara de la danza. Esa sensación nos dejó a todas las niñas. Lloramos cuando se fue. Luego tuve muchos buenos maestros y todos diferentes. Viví la época en que se forjaba lo que ahora es un hecho: la escuela cubana de ballet. Fui uno de los conejillos de India para ese propósito. Todo era experimentado con una pasión tremenda. Teníamos profesores rusos y otros que eran miembros del Ballet de Cuba, como Adolfo Roval, quien fuera luego un maravilloso Doctor Coppelius cuando estrené el rol de Swanilda.
Joaquín Banegas fue muy importante para mí, siempre estuvo detrás de todo lo que he podido crear para llegar al público. Y aprovecho para decirlo: la voz de Joaquín Banegas viaja en mis oídos. Él siempre va conmigo. Es un artista auténtico. Partes inseparables de esto: Silvia Marichal y Ramona de Saa. Ramona es una pedagoga excepcional, alguien que se ha mantenido en pie de guerra manteniendo la escuela en un alto nivel y en constante desarrollo. Y por supuesto, Karemia Moreno, quien me demostró que no hay edad que impida cambiar y romper esquemas.
Hubo tantos maestros… Algunos de ellos no lo fueron en el salón de clases pero sí en la escena, como las primeras figuras del ballet, con el trabajo minucioso de sus interpretaciones.
Alicia Alonso, claro, ¿cómo no aprender de ella en la escena y, por qué no, en lo cotidiano? Nunca puedo olvidar una ocasión en que el mar entró en las zonas bajas de El Vedado, y mientras los bailarines éramos movilizados para rescatar los vestuarios que estaban en peligro, si buscabas a Alicia, ella estaba en el salón de ballet haciendo su rutina diaria.
Ahora bien, Fernando Alonso fue a mi juicio quien generó toda la definitiva energía para cumplir el sueño de un ballet verdaderamente cubano. Cierto que estaba, como él dice, inspirado en Alicia. Ella era su modelo a seguir. Pero la maestría de Fernando en clase era increíble. No menos de dos horas frente a nosotros, nos obligaba al máximo resultado en el menor tiempo. Y en los ensayos, con su termo de cocimiento de "guisaso de caballo", Fernando era, o es, incansable. Para mí, en lo personal, fue extraordinariamente importante su decisión de graduarme un año antes que el resto de mi grupo. Después de esa graduación, al año siguiente, mis amigas y otras estudiantes, tuvieron que dejar La Habana para ir a Camagüey si querían seguir sus carreras como bailarinas. Cuando Fernando dejó el BNC fue doloroso para todos, o en cualquier caso, lo fue para mí. Y marcó un profundo giro en la compañía.

¿Qué significa para ti el Ballet Nacional de Cuba?
Gran parte de mi vida. Nunca deseaba nada que no estuviera allí. Y creo que lo mejor, lo ideal para mí, debió haberse conseguido allí. Se invirtió mucho talento y mucha entrega por parte de todos los que hicieron valer ese proyecto, y eso, al fin y al cabo, nunca es en vano. La escuela está en pie. Hoy llevo conmigo toda la vida que viví allí. Y esa vida la reconstruyo, o mejor dicho construyo otra, día a día, cuando enseño cada tarde en el Miami Conservatory, bajo la dirección de una mujer soñadora y de gran fuerza llamada Ruth Wissen.

1980 fue un año importante en tu vida. Triunfaste en el Festival de Moscú y en San Petersburgo. De aquella época ha quedado una maravillosa crítica de Victor Gritsiuk. ¿No pensaste en ese momento que si abandonabas el BNC podrías haber triunfado fuera de Cuba para siempre?
Una pequeña esperanza puede mantenernos en el mismo lugar, sobre todo cuando hay grandes valores en nuestras manos. Nunca me faltaron posibilidades de dejar mi país. A veces triunfamos, pero en realidad el triunfo, ¿qué cosa es? Tal vez algo a lo que uno nunca se puede o debe aferrar. Siempre hay una tarea por delante, y eso es lo que importa. No tiene que preocupar mucho qué es o dónde se halla el triunfo. La mayoría de las veces, y esto es importante, triunfamos en nosotros mismos, cuando acometemos cosas que sabemos nos van a costar mucho. Y aunque algunos no vean triunfo en ello, si llevamos esa alegría dentro, ¿qué importa lo que otros entiendan por el triunfo?
En cada viaje tuve momentos de conquista. Y aprecio mucho esas victorias. El triunfo está en crecer, en creer en lo que haces, en hacer tu trabajo con la mayor honestidad y con todas tus fuerzas. Y al final eso es lo que te hace estar en la paz contigo mismo.

¿Cómo ha afectado a la Escuela Cubana de Ballet el hecho de que tantos bailarines hayan abandonado Cuba y bailen en otras compañías del mundo?
La Escuela Cubana de Ballet está firme. A Ramona de Saa, como ya te he dicho, se debe mucho de esa firmeza. Ahora bien, lo que yo realmente considero una escuela es el diario quehacer entre los muros que rodean una compañía de ballet. Ajeno a una compañía, no es que se pierda la técnica, es que se pierde el alma. El alma pone en marcha el valor de cada paso y cada motivación. Los bailarines tienen que crecer mirándose unos a los otros: los más jóvenes admirando a los más viejos (aún cuando a veces tengan muchas quejas contra ellos). Siempre luchando por conseguir más y más. Y los viejos tienen que mirar a los jóvenes y tratar de seguir creciendo, amando y, claro, dudando de ese amor.
El estilo de una escuela no se consigue solo con grandes profesores y grandes bailarines. Es también el pasillo, el ir y venir de los que entran y salen de clases, los comentarios sobre el trabajo diario, las puertas abiertas para poder mirar discretamente la forma de ensayar de unos y de otros, y comparar esas diferencias a la hora de enfrentar un personaje. Tantas cosas pequeñas, cotidianas, son la clave de una escuela de ballet. Todo eso, lo pequeño y lo grande conforman cosas de gran valor para una escuela y por tanto para un artista. Es decir, lo que significa una tradición, y sentirse parte de ella. Y cómo esa tradición no está solo en los grandes resultados, sino en los pequeños y cotidianos caminos para llegar a ella. Y con el éxodo puede perderse ese sentir que se pertenece a una tradición, y la tradición misma puede sentir que pierde a los que deberían estar dispuestos a continuarla.

Tus interpretaciones de los ballets del repertorio clásico como 'El lago de los cisnes', 'Giselle', 'Grand Pas de Quatre' fueron y han sido referencias para las jóvenes generaciones de bailarines. ¿Qué crees haberle aportado de ti a estas coreografías ya clásicas? ¿Algún ballet preferido?
El lago de los cisnes, Giselle y muchas otras son coreografías que nos dan la oportunidad de aportar cosas, no solo desde el punto de vista de la técnica, sino también de la actuación. Nos permiten entrar en un mundo que cada día está más lejos de nuestra realidad. Y son un reto para cada bailarín: hacer propias cada una de esas leyendas, de hadas, de sílfides, de mujeres que mueren por amor y vuelven al mundo de los vivos bailando en el aire y salvando a quien les traicionó. Salen de sus tumbas solo por amor, parece bien difícil, y de hecho lo es. Y por eso es tan maravilloso. No todos tienen la oportunidad de entrar en ese universo. Yo lo defendería siempre. Hay algo en nosotros que necesita de esos mitos para sobrevivir.

El público descubre en ti una insospechada sensualidad cuando bailas los ballets de coreógrafos cubanos, 'Tarde en la siesta', 'Cecilia', 'Rara avis' y 'A escena'. ¿Eres consciente de ese sutil erotismo de tus movimientos?
El cuerpo humano es bello. En muchos ballets estás absolutamente expuesto, aunque no totalmente, porque en realidad las formas que toma el cuerpo en su misión de expresar, sin la posibilidad de las palabras, puede llegar a ser muy fuerte, a veces fuerte y erótica. Yo salgo a escena para conquistar al espectador, otra cosa no tendría sentido. Trato siempre de ensayar como si hubiera tres mil espectadores en el lugar del espejo. De lo contrario, sería muy difícil de lograr lo que me propongo. Y siempre tenemos algo que nos ata a la vida cotidiana. No sé si los conquisto con la sensualidad pero supongo que sí, que pueda relacionarse.
La belleza es lo más importante en el arte. Hasta los más diabólicos personajes tienen que poseer su belleza y enamorar al espectador, tener un encanto. De otra forma los personajes llamados "positivos" se quedan sin apoyo, sin conflicto verdadero. Además, ni en la vida ni en el arte, las cosas son en blanco y negro. Entre ambos extremos hay una gama que es importante y tiene que ser expresada.

Algunos de tus admiradores dicen que contigo se cierra la época de las grandes bailarinas cubanas. ¿Ha cambiado hoy la forma de bailar?
Claro que ha cambiado la forma de bailar hoy en día. Lo que se detiene y se cierra se muere. Todo está en constante transformación. Yo también cambio, por supuesto. Pero cuando tenemos algo bueno, se defiende, y lo bueno nuevo se suma a lo que ya se tiene. Se ve mucho ballet en todo el mundo. De manera rápida se puede viajar y compartir experiencias, lo mismo en el campo de la enseñanza que en la escena y la coreografía. Lo único que noto es que, desde el artista, lo más efectivo es renunciar a la tradición, pero como algo natural y paulatino, siempre desde el amor, nunca desde el odio. Hace dos años vi bailar a Lorena Feijóo, cubana radicada en el San Francisco Ballet, con una bella carrera. Es una magnifica bailarina. Lleva muchos años fuera de Cuba y cuando la vi haciendo Giselle en Miami, me emocionó ver a una bailarina que se expresaba con una inconfundible cubanía, algo que no he visto en otras bailarinas que han pasado por estos escenarios: la delicadeza con que se deslizó dentro del estilo y aportó lo que su nueva experiencia le dio en San Francisco.
Al final de la función fui a felicitarla y se lo comenté. Me dijo que no podía olvidar lo que había aprendido y que llevaba consigo el recuerdo de aquellos años yendo a las funciones de ballet, y a la compañía en Cuba, viendo y disfrutando a todas las anteriores generaciones. De modo que todo lo que Lorena aprendió, después lo incorporó a la base que ya tenía. Si un artista es bueno no debe olvidar.

En 1986 con Caridad Martínez y Mirta García creas el Ballet Teatro de La Habana. ¿Qué fue para ti ese experimento?
Yo soy muy apasionada. También, y aunque parezca lo contrario, reflexiva. Los humanos somos así, contradictorios. Algunos de los pasos que he dado en mi vida quizás puedan parecer temerarios. Para mí son únicamente el resultado de una reflexión y la toma de una decisión. Me arriesgo a perder cosas que son importantes, pero sucede que a veces, o casi siempre, como te dije antes, la paz con uno mismo es fundamental. El Ballet Teatro de la Habana fue el resultado de un proceso que empezó en el salón de ballet. Caridad Martínez empezaba con inquietudes coreográficas. En la compañía no estaba siendo fácil introducir algunos elementos nuevos en cuanto a temas y músicas que atraían a los nuevos coreógrafos.
A la vez, el proceso que vivía el país era, como en muchas ocasiones, el de una supuesta creencia de que los problemas podrían arreglarse, para seguir adelante. Nosotras ingenuamente así lo creímos y tratamos de arreglar algunas cosas, enfrentando a la dirección del Ballet. Dimos criterios que realmente intentaban un cambio en las normas. Por supuesto, esto no fue posible. Y decidimos intentar un proyecto independiente fuera de la compañía.
Fue una experiencia, como todas, muy bella en lo artístico. Conocí gente inolvidable que me aportó mucho. También fue una experiencia dolorosa en otros sentidos. Como vivíamos en esa extraña burbuja del BNC, ignorábamos muchas cosas. Descubrimos, por ejemplo, la verdadera realidad del país. Fue un gran impacto. La lucha fuera del ballet era la misma que dentro. Esta experiencia duró dos años. Alicia me dio la posibilidad de volver a la compañía. Y fueron tres años más dentro del BNC, años también muy importantes para mí.

¿Qué experiencia te ha dejado el exilio?
El exilio es horrible. El hecho de que no haya posibilidades de regresar, que es lo que lo hace exilio, es algo terrible. Pero hay que aprender a dejar las cosas en un lugar donde no nos duelan. Ese proceso implica tremenda energía. Muchas calles de Madrid se me confundieron con las de La Habana Vieja, no porque yo caminara tanto en La Habana, sino solo porque sabía, en lo más profundo, que no iba a regresar nunca más.
Sí, efectivamente era una decisión, parte de una reflexión, no tenía otra salida. Aunque sí las había y había tratado antes sin conseguirlas, esa del exilio en el que vas y vienes, y que no es, en rigor, un exilio. Pero para eso tienes que pactar con algunas cosas. Y no fue posible.
Al exilio le debo una segunda parte en mi vida en la que crecí y crezco y aprendo mucho, no sin dolor. Pero sí en paz. En el arte no rechazo nada si no es absolutamente necesario. El exilio me ofreció muchas oportunidades. Algunas las aproveché, otras no he estado lista para aprovecharlas. He encontrado amigos entrañables, para siempre. Nuevas formas de ver la vida y de vivirla. Miami se convirtió en mi casa. Como lo son también Madrid y Barcelona.

Tu primera gran experiencia coreográfica fue 'Cecilia Valdés', que bailaste en el Miami Auditorium, en el 2002. ¿Qué es para ti la coreografía?
Respeto mucho a los coreógrafos. Ser coreógrafo es un privilegio. Tener el talento de crear un vocabulario con el cuerpo. Sí, me inquieta la coreografía. Me considero una intérprete. Cecilia Valdés más que un enfoque mío hacia la coreografía, fue una oportunidad para animar un proyecto que era un sueño desde el 1996, el Ballet Cubano, primero, y el Ballet Rosario Suárez, después. Un arduo trabajo dentro del estudio, que nunca pude llegar a cumplir en el plano económico, pero del que guardo en el recuerdo, constancia de su triunfo en la escena para el público que lo disfrutó.
También de las buenas críticas que conseguimos. Cambiando de nombre de Ballet Cubano a Ballet Rosario Suárez, pero siempre con el deseo de dar lo que sentía que era lindo dar. En esa aventura me acompañó Marlén Urbay, y su padre José Ramón Urbay. Marlén es una soñadora que sigue en pie de lucha con su orquesta de cámara. Ellos me acompañaron en otras aventuras como Coppelia, Grand Pas de Quatre.
Alberto Méndez también me dejó soñar una noche con su Tarde en la siesta que estrenamos en el Teatro Artime, con alumnas que eran de NWSA y que se unieron al proyecto, entre ellas, mi hija, que ya se había graduado. Bailé con ellas, hice la Consuelo, ya no era tiempo para seguir con la Soledad que fue uno de mis roles más amados. Hasta Fernando Alonso visitó nuestra Academia. Nos vio en clases y tuvimos la suerte de oírle opinar sobre el trabajo. También nos visito Joaquín Banegas. ¡Hubiera sido tan hermoso poderlos tener con nosotros!

En el año 2000 en el festival 'Madrid en danza', estrenaste la coreografía 'Anna Pavlova, diálogos del alma'. Roger Salas vio la similitud entre la historia de Pavlova y la tuya. Según él: 'Ambas son estrellas y mensajeras, cada una de su tiempo, de algo intangible y hermoso: la danza; también ambas huyeron de las tiranías humanas y profesionales de un gran ballet y prefirieron sus grupos pequeños. Son historias llenas de dolor y de belleza, de éxitos y de rutas errantes'. ¿Verdaderamente era así cómo te sentías: una estrella errante?
Roger Salas no solo es crítico de danza, sino que ama la danza apasionadamente, lo cual no siempre coincide en la misma persona. Por supuesto, la comparación es muy bella. Él ha sufrido el exilio y sabe de ese dolor inevitable. Efectivamente, después que dejamos el lugar donde nacimos, empieza algo muy parecido a la vida errante.

En 2008 reconstruiste el famoso 'Grand pas de quatre', coreografía de Jules Perrot de 1845, reliquia del romanticismo, y lo presentaste en el Vail Internacional Dance Festival en Colorado. ¿Cuál fue tu aporte a este ballet?
El Grand pas de quatre que trabajé para las muchachas del pequeño grupo que se llamó Ballet Rosario Suárez, era la versión de Alicia Alonso que pertenece al repertorio del Ballet Nacional de Cuba. Fue una buenísima oportunidad para que las bailarinas pudieran disfrutar el trabajo de una obra romántica, de alto nivel artístico. Lo hicieron tan bien, que las invitaron a participar en ese importante Festival.

Y el año pasado, en el Teatro Byron Carlyle de Miami Beach estrenas 'La última función', donde interpretas textos de Abilio Estévez. ¿Cómo surgió el trabajo con nuestro amigo, ya consagrado novelista y dramaturgo? ¿Sigues abierta a nuevas propuestas?
Conocí a Abilio Estévez hace años, en casa de Silvia y Elsa Nadal, otros nombres en Miami que se asocian al apoyo al teatro. Conversando, hablamos de una idea que siempre me fascina y que tiene que ver con la necesidad de permanecer bailando para siempre, y del impedimento que significa el deterioro físico. Fue una noche de planes que quedaron detenidos, porque no me atrevía a escribirle mis ideas al dramaturgo. Tenía que esperar a volverle a ver, imagínate, cuánto tiempo pasó. En el 2007, después de siete años, por esas cosas de la vida errante de que hablábamos, fui a parar a su casa en Barcelona, mientras yo daba clases en el Instituto del Teatro, y poco a poco empezó a tomar forma lo que luego fue la obra, y, por supuesto, mi tentación de actuar y bailar se hicieron realidad.
Creo que le hemos tomado el gusto a la experiencia. Y seguimos soñando otros proyectos.

De esa obra de Abilio Estévez, escribió el también novelista Antonio Orlando Rodríguez: 'El entrenamiento de Rosario Suárez en la pantomima se hace evidente en la precisión con que logra transformarse en una niña —cuya ligereza y picardía remiten a la Lisette de 'La fille mal gardée'—, en una seductora mujer o en una anciana devastada. La bravura de su entrega, que llega a ser casi visceral en la exigente escena ante el espejo, es el mayor atractivo de esta indagación en el conflicto del bailarín con su cuerpo y con los años'. ¿Tienes esa guerra en tu interior al ver que hay jóvenes con formación impresionante?
Mi gran guerra es tratar de ser mejor de lo que era antes. Hoy por hoy los bailarines no son una elite. El público es cada vez más amplio y eso es fantástico. Los jóvenes tienen cada vez más acceso a estudiar danza, ballet, música. A veces estudian varias disciplinas, incluso siendo muy jóvenes. Pueden conseguir un rico arsenal de conocimientos. Pero además un artista verdadero tiene una misión más grande y difícil, entregar el alma, por decirlo así aunque suene tremendo. Desarrollar aún más su sensibilidad para poder influir en el público como guía a la belleza, a lo constructivo, y aliviarlo, inquietarlo, esperanzarlo, emocionarlo, hacerlo reflexionar.

¿Qué me dices del británico Lindsay Kemp, bailarín, actor, mimo, coreógrafo, pintor que sigue actuando y haciendo espectáculos con una edad tan mayor? ¿Te ves por ese camino?
Me atrae la escena. Me atrae el camino que tomamos para llegar a ella. Pero inevitablemente tiene que existir la necesidad de comunicación, y que consigamos esa comunicación con belleza, con todo lo amplio que significa la palabra belleza.

Sé que eres comedida, prudente, atinada. ¿Escribirías tus memorias a lo Isadora Duncan o a lo Carlos Acosta?
No hay tiempo de hacer todo lo que quisiéramos. Comprendo que para otros puede ser muy interesante develar los misterios de aquél que siempre hemos visto en escena y que solo conocemos por ella. Uno tiende a intentar aclarar y explicarse esos misterios. Pero ver a Carlos Acosta bailar es un tremendísimo misterio de la vida. ¡Qué placer! ¿Para qué quiero más?

El documental de Marisol Trujillo 'Mujer ante el espejo' (1981) cuenta tu embarazo y recuperación física. Digamos que ese fue tu debut cinematográfico. ¿Te gustó la experiencia? Ahora está en producción otro documental sobre ti, tu tercera experiencia en el cine: 'Bailarina sola busca compañía', de Orlando Rojas. ¿Nos puedes dar algún adelanto?
El documental de Marisol Trujillo fue una idea estupenda y una experiencia muy bonita en un momento insuperable en cuanto a la alegría. Acababa de dar a luz a mi hija Paula y sabía que muchas personas tenían una idea muy lejana de la realidad con respecto a las bailarinas y la maternidad, y fue un éxito. En cuanto al documental de Orlando Rojas, creo que pasa algo similar en cuanto a su interés. No es mi vida lo que más pesa en esa idea, sino la circunstancia de que muchos de los que hemos dejado nuestros países, no solo cubanos, pueden verse reflejados en esas imágenes, en situaciones similares, buscando un lugar. Como dice un amigo mío, no podemos cansarnos, hay que seguir buscando, buscando, siempre.

¿Qué sientes cuando suena la música, se descorre el telón, se encienden las luces y te sabes ante un público ávido por verte?
Cuando suena la música, no necesito el telón. Te confieso que bailo inmediatamente. No importa dónde ni cómo esté. Es algo que ya está en la mente, o en la sangre, quién sabe. Y al público lo reconozco antes de llegar al escenario. Cuando se abre el telón, allí solo debe estar la magia que es, al fin y al cabo, lo que el público ha venido a buscar.

Sé también que no te gusta hablar de Alicia Alonso y que mi pregunta puede ser un tópico, pero dime lo primero que te pase por la cabeza.
La existencia de Alicia Alonso hizo posible que Fernando y Alberto Alonso cumplieran el sueño de una Escuela Cubana de Ballet que me formó y me dio tantos años en un arte que no solo es el sentido de mi vida, mi vida misma, sino que sigue siendo mi pan de cada día. Hay más cosas que podría decir, pero serían muchas.

¿Volverías a bailar en Cuba?
Sí, por supuesto que sí, bailaría en Cuba otra vez, pero todo tiene su momento y la vida, la historia, no se detiene y va hacia delante. ¿Quién sabe cómo esto pudiera suceder?

4 comments:

Anonymous said...

Esta bella foto es de Pedro Portal?

Anonymous said...

precioso!! te dejo mi blog

http://fotosdecarlosb.blogspot.com/

Groupdmt said...

it is like haven awosem lovely :)
retouche de photos

SergioP said...

Hola!

Simplemente escribirte para decirte que me ha gustado mucho tu blog. Te seguiré de cerca.

Un saludo! Sergio