Thursday, May 27, 2010

Un Don Quijote muy quijotesco y cervantino, valga la redundancia, en la Ciudad de la Mancha Hipotecaria







Un Don Quijote muy quijotesco y cervantino, valga la redundancia, en la Ciudad de la Mancha Hipotecaria.

Cuando alguien se destaca por luchar por cosas difíciles, casi imposibles, se acostumbra a decir que “se enfrenta a los molinos de viento”, como Don Quijote, el personaje de la obra cumbre de Miguel de Cervantes Saavedra y de toda la literatura española, así que si esa persona ama el ballet, y su batalla es precisamente por presentar la obra homónima en la ciudad de Miami, su sueño es cuando menos quijotesco por partida doble, como es el caso de Pedro Pablo Peña, el incansable director del Ballet Clásico Cubano de Miami, que durante los días 22 y 23 de mayo del 2010 nos regaló con tremendo éxito esta victoria suya contra tantos condominios y políticos vacíos a merced del viento en la Ciudad de la Mancha Hipotecaria.
Tras un bien resuelto prólogo, en que el Quijote y su fiel escudero Sancho Panza salen a la aventura cervantina en el mundo de las puntas, dio comienzo una verdadera fiesta de la danza, donde sus reyes indiscutibles fueron los primeros bailarines Lorena Feijóo y Rolando Sarabia, que tuvieron a su cargo los roles protagónicos en la función del sábado 22.
La Kitri de Lorena irrumpió en la escena haciendo gala de una gran musicalidad, con giros perfectos y grandes extensiones, atributos que caracterizarían su desempeño durante toda la noche, para ser casi enseguida pretendida, con total beneplácito de Lorenzo, su interesado padre, por el rico, afectado y ridículo per se noble francés Camacho
(o Gamache), cuyo color rosado en el bigote y el chivo estaba por lo tanto completamente de más, al igual que su grotesca caída sobre Lorenzo.
Aunque en general considero que la convencional escenografía procedente del Teatro Teresa Carreño de Caracas, Venezuela, cumplió eficazmente su función como tal, el vestuario proporcionado por la Compañía Brasileira de Ballet, modificado por Rolando Moreno, del CCBM, según los créditos en el programa de mano –que debería haber estado también en español, como hace la Florida Grand Opera–, debió evitar la homogeneidad en el caso de las bailarinas vestidas como “majas”, todas de rojo y “uniformadas”, aunque por suerte en el caso de los hombres no ocurrió así.
La Mercedes de Kaleena Burks estuvo también brillante desde el inicio, con muy buenos giros y extensiones, como compañera de Espadas, el “matador”, a cargo de Christopher Rodríguez, quien estuvo aceptablemente correcto dada su juventud y poca experiencia, y en el pas de deux con Mercedes se pudo lucir bastante, aunque el peinado con mota contemporánea no lo ubicaba como torero, como tampoco esa capa color lila pálido, inusual para la época y el lugar; en cambio, los otros toreros sí estaban vestidos convincentemente como tales, pero repruebo con énfasis la sustitución de los cuchillos por botellas en la parte en que Mercedes los sortea mientras baila.
Edson Farías, como Sancho Panza, debe evitar tanto contoneo vulgar, pues el fiel escudero puede ser payaso pero no “amanerado”, ya que no estamos en el Desfile del Orgullo Gay de La Mancha, y su bolsa comando tiene también un diseño demasiado contemporáneo.
Como contrapartida, Walter Gutiérrez, como el “cuidador de la villa” –personaje que no existe en otras versiones que he visto– aportó mucho dinamismo y bravura a su fresca actuación, rasgo que mantuvo hasta el final de la función.
Rolando Sarabia, en el rol de Basilio –el coqueto enamorado de Kitri, en cuya profesión de barbero no se puso ningún énfasis en esta puesta–, confirmó una vez más con sus vertiginosos e impecables giros su bien ganada reputación de estrella de la danza, y el desperdicio que fue su no apreciada estancia en el reino de Edward Villella (y después la gente habla de Alicia Alonso, a años-luz en grandeza por sobre el difícil director neoyorquino), aunque en el segundo pas de deux con Lorena en el primer acto debió cuidar un poco más su trabajo como partenaire, específicamente al hacer girar a su compañera, aspecto que superó a cabalidad en lo que siguió de la noche.
Lorena, en su variación de este segundo pas de deux del primer acto, “acabó”, con asombrosas extensiones hacia atrás, excelentes giros, una punta clavada perfecta, y un verdadero alarde de bravura en la diagonal.
Las dos bailarinas vestidas de azul, cuyos nombres no fueron dados a conocer en el programa, bailaron bastante bien pero deben ganar elevación en los saltos (jettés).
En el tercer pas de deux de la pareja protagonista, Rolando remató con dos impecables cargadas de su compañera, con quien luego escapó en medio de la confusión y el tremendo enredo armado entre Camacho, Lorenzo, Sancho y el “cuidador de la villa”, al punto de que quien no conoce la trama no debió haber entendido nada de lo ocurrido, aspecto que debe ser resuelto mejor por el CCBM en sus próximas reposiciones de este ballet.
En el segundo acto, el realista e imprescindible molino de viento le dio el toque cervantino adecuado, pero los dos “gitanos” borrachos, con más apariencia de meseros que de otra cosa, no aportan nada a la dramaturgia, ni tampoco el vestuario de los otros cíngaros ayudaba a identificarlos como tales.
Rodrigo Hermesmeyer, como el jefe de los gitanos, mostró lentitud en los giros –casi en cámara lenta–, pero se destacó en las elevaciones, aunque hace inusitados movimientos con las manos que considero de mal gusto y sin justificación.
Extrañé el efecto del muñeco en el ataque del Quijote al molino, pero en general la escena fue resuelta con buen gusto y eficacia.
Donde sí esta puesta elevó la parada con respecto a otras que he visto fue en el preámbulo del sueño del Quijote, donde el fondo sonoro con ruido de viento, choque de espadas, relinchos y galopes de caballos estuvo estupendo, para acompañar la aparición de los fantasmas que atormentan al caballero andante al inicio de su sueño, magníficamente caracterizados como el Hambre, la Peste, la Guerra, la Avaricia y la Muerte, aunque el traje de Walter Gutiérrez me pareció demasiado “pomposo” para la época, muy a lo traje clásico de bufón de Rigoletto, con exceso de borlas y pompones para mi gusto.
Si las driadas aparecen todas vestidas agradablemente de blanco, no entiendo el porqué de la decisión de vestir a su reina de negro, como si fuera el cisne perverso del Lago (se supone que ya se terminó la pesadilla y estamos ahora en una beatífica ensoñación).
Luiza Bertho, con muy buenas extensiones, encarnó eficazmente a la reina, al igual que Edgar Ledesma el Don Quijote joven, y Lorena, por suerte de blanco, ejecutó su variación de modo óptimo, con muy buenas paradas en puntas y formidable diagonal otra vez, aunque en los vertiginosos giros no debió abrir los dedos de las manos como lo hizo.
Las dos driadas solistas mostraron un trabajo de pies muy bueno y ágil, y Lorena impresionó con sus grand jettés, que por suerte pudieron ser atrapados por el lente de Bernardo Diéguez la tarde del domingo.
Hubo un bache en el cambio de decorados para la siguiente escena, con una “cortina musical” que lució improvisada y un opresivo fondo negro, cosa que debe ser repensada para evitar el desconcierto que produjo.
A continuación, tras una breve escena en el campamento de los gitanos, los enamorados arriban a la taberna del pueblo, donde transcurre ahora la trama.
Un personaje nuevo, la tabernera, trata de seducir a Camacho por su dinero, y Kaleena Burks se reafirma en su rol de Mercedes con otra impresionante variación.
Sarabia vuelve a hacer alarde de sus fantásticos giros, y Walter Gutiérrez se destaca de nuevo en su personaje secundario en medio de la historia principal, que ahora pasa a centrarse en el aparente suicidio de Basilio debido a la imposibilidad de su noviazgo con Kitri, donde parece que la navaja empleada para ello por Basilio era invisible, porque yo no la vi, y estaba sentado en primera fila, lo cual le restó impacto a la simulación.
En esta feliz versión del clásico, hasta Camacho apoya a Don Quijote cuando le exige a Lorenzo que acepte la boda en artículo mortis de Kitri con Basilio, pienso que por el consuelo encontrado en la oportuna tabernera ya mencionada.
Conseguida la aprobación del interesado padre,
Basilio/ Sarabia se levanta como si nada, y todos bailan con gran frenesí, aunque la alegre música de fondo paró antes de tiempo, detalle a tener en cuenta en futuras reposiciones.

En el tercer y último acto, el de la boda de los felices enamorados tras tantos avatares, continuaron los indeseables amaneramientos de Edson Farías como Sancho Panza; Walter Gutiérrez repitió sus excelentes giros, Kaleena Burks volvió a brillar como Mercedes, y el burlado francés de bigote y chivo rosados volvió a acudir como invitado, reafirmando mi tesis del consuelo encontrado en la tabernera, lo cual me parece una solución muy civilizada de esta puesta.
En su variación, Christopher Rodríguez volvió a cometer imprecisiones en su rol del torero Espadas, pero mejoró bastante su desempeño en comparación con el primer acto.
En el agradable preámbulo del famoso pas deux con que culmina este acto, caballo de batalla de los bailarines en los festivales de ballet del mundo entero, cinco bailarinas “uniformadas” de rojo como “majas” y dos toreros, con la posterior incorporación de otras seis de aquéllas, “calentaron” la escena para que Lorena y Rolando salieran a enfrentarse al principal tour de force de este ballet.
En su primera parada en punta en el adagio, un ligero temblor le restó lucimiento a Lorena, pero en las otras dos se clavó sin ningún titubeo, siempre muy musical, mientras que Sarabia reforzó sus giros limpios y rápidos, y brindó un impecable y solícito apoyo a su pareja como partenaire en el adagio.
La aparición intercalada –y forzada– de Luiza Bertho estuvo aceptable, pero le faltó elevación en sus saltos, y Sarabia, ahora sí en su esperada variación, volvió a hacer alarde de bravura con los vertiginosos y casi interminables giros que lo caracterizan, preparando el campo para que Lorena acometiera la suya, con grandes extensiones y brillante ejecución.
Tras esto, hubo otra forzada aparición de una bailarina sin crédito en el programa, que bailó bien pero sin que su presencia estuviera justificada, ya que literalmente interrumpió la segunda parte de la variación de Basilio tras la de Kitri.
A Sarabia le faltó un poco más de elevación en sus saltos o jettés, pero Lorena sí alcanzó el clímax con unos fouettés intercalados con pirouettes, con la única objeción de que debió darlos clavada en el lugar, sin desplazarse hacia adelante como lo hizo.
En la coda, ambos lograron la apoteosis que el final demandaba, con los platos fuertes de cada uno como regalo de despedida al agradecido público: Sarabia girando como un dios de la danza, y Lorena con sus aceradas puntas de indiscutible estrella.
Muy buen sabor de boca nos dejó a todos en el teatro esta victoria de Pedro Pablo Peña, del CCBM, y de la Compañía Brasileira de Ballet, sobre esos molinos de viento de nueva generación que en la Ciudad de la Mancha Hipotecaria sólo acarrean agua para sí.
Baltasar Santiago Martín
Fundación APOGEO, 5/27/2010