Thursday, October 29, 2009

Habla Herta Müller, Premio Nobel de Literatura 2009.



Empezando por casa, casi todos tendemos a dudar de, o a negar, lo que no conocemos; fui uno de los primeros que “saltaron” ante el anuncio del premio concedido a la “desconocida” –para mí, insisto– Herta Müller, – “¿por qué no se lo concedieron a Mario Vargas Llosa, o a Milán Kundera, por ejemplo?”, exclamé al conocer la noticia, pero en el fondo algo me decía, y luego Zoé Valdés me lo confirmó, que Herta era “de los nuestros”, de los que pensamos que “nada es peor que las dictaduras”, como concluye diciendo la galardonada escritora rumana, de habla alemana, al final de una entrevista que tradujo Jorge A. Pomar para el periódico El Nuevo Herald .
Tengo que reconocer que la agudeza intelectual de Herta me ha deslumbrado, al punto de que quiero compartir sus pensamientos más relevantes con mis amigos, de ahí la redacción de esta nota, porque ella pone en blanco y negro esas certezas que casi todos los que hemos vivido bajo una dictadura hemos adquirido de primera mano, sin necesidad de asistir a ninguna academia, pero sin llegar a formularlas con la precisión quirúrgica con que esta “nobelada” autora lo ha hecho en sus respuestas a dicha entrevista:

Habla Herta Müller, Premio Nobel de Literatura 2009.

“La literatura es un espejo de la cotidianidad y, por ende, de la política.La política entra en la vida cotidiana y aunque no se convierta precisamente en ésta, ella misma es ficción.Sólo se puede escribir literatura a partir de la experiencia (...) Por desgracia, las personas que han vivido bajo dictaduras han tenido que aprender de forma muy concreta que la literatura tiene que ver con la realidad y que, tal vez, también cumple una tarea, aunque no lo pretenda. Describe realidades, realidades inventadas, y con ello interviene en la vida de los que leen esos libros”.

En el caso cubano, Heberto Padilla, con su poemario Fuera del juego, creó en 1968 un verdadero cisma entre los intelectuales europeos y latinoamericanos que apoyaban a la Revolución Cubana, porque su percepción “inventada” de la realidad conmocionó tanto a la dirigencia revolucionaria, que encarcelaron a Padilla y lo obligaron a retractarse, orquestando una ignominiosa maniobra stalinista que hizo despertar a más de uno de esos intelectuales de su luna de miel con el castrismo, lo que confirma la tesis de Müller de que “la política entra en la vida cotidiana”… “y que (la literatura) interviene en la vida de los que leen esos libros”.
Fuera del juego no sólo marcó a Sartre, sino también a Lezama, estrenando en la literatura cubana un nuevo subgénero fruto del totalitarismo: la poesía peligrosa.
Padilla y su entonces esposa Belkis Cuza Malé fueron los primeros “cimarrones” de la literatura cubana postrevolucionaria, aunque no fuera su pretensión, al escribir Fuera del juego y Juego de damas respectivamente, libro este último que acabó en la hoguera de la intolerancia sin llegar a sus lectores.

“Hay una lengua nacional y una lengua estatal. Lo que habla el Estado es esa jerga ideológica, distorsionada, que se escucha por doquier en la opinion pública bajo la dictadura. En contraste, la lengua nacional es lo personal, uno la usa para hablar con alguien, o sea, el idioma de los rumanos que se sentaban a comer conmigo al mediodía. Ese es, claro, un idioma distinto del lenguaje estatal. Si bien, en el curso de las décadas, el lenguaje estatal ha ido infiltrándose en el idioma nacional al extremo de que muchas personas ya no se percatan cuándo usan la lengua estatal y cuándo la nacional. Con el paso del tiempo se va produciendo esa confusión. Sabemos que es así en todas las dictaduras, que éstas monopolizan el idioma. Pero no se puede matar del todo una lengua nacional; eso también lo sabemos”.

Sin haber conceptualizado todavía cabalmente ese fenómeno lingüístico que la Müller ha expresado ahora con tanta claridad, en un poema mío dedicado a Polonia manejé intuitivamente ese “secuestro” de ciertas palabras por parte del Estado al que ella alude de modo magistral:

Para Polonia, un enorme clavel.

La palabra “Solidaridad”/era una prostituta trágica
en manos de los rojos, /expertos en los malabarismos
del lenguaje, /cuando en los astilleros de Gdansk
toda Polonia comenzó a armar un barco blanco,
con Lech Walessa en su puente de mando,
decidida a evitar las rémoras soviéticas / pegadas a su casco.
Y por si fuera poco, /otra palabra,
sinónimo de meretriz /en el argot del Kremlin,
cobró su auténtico sentido en este empeño,
siendo combinada con aquella primera,
para crear una yunta invencible, /dispuesta a derrotar
el estado de sitio, /la Ley Marcial, /y al ogro Jaruzelski:
El Sindicato Solidaridad / navegó más allá del astillero,
como si fuera un veloz rompehielos,
quebrando los mares de consignas, /derechos pisoteados,
y mentiras marxistas.

Palabras como solidaridad, sindicato, compañero, camarada, colectividad, internacionalismo, fueron “prostituidas”, como yo le llamo en el poema, en los juegos malabares del lenguaje estatal polaco, pero también en el de todos los demás países tras la Cortina de Hierro, y por supuesto, en el de Cuba, su hermanastra caribeña, al punto de que las personas que escapan a otros países tienen hasta escrúpulos para volverlas a emplear en su nuevo contexto de plena libertad de expresión; y los que aún permanecen en el redil totalitario, aún sin estar de acuerdo con el sistema, al ser entrevistados por cualquier medio de difusión nacional o extranjero, repiten como papagayos los lugares comunes que la propaganda oficial les ha inculcado de forma totalmente “conductista”, es decir, sin salirse del “guión” para no buscarse “problemas”.

Sobre “la rutina destructiva de la ideología”, mencionada por ella en su prólogo al libro de fotos Children of Ceaucescu, de Kent Klich, la escritora expresó:

“La ideología es sólo rutina. No puede permitir nada espontáneo, porque entonces surge algo incalculable. Y pudiéramos decir sin temor a exagerar que la rutina de la ideología es el cliché único; existe solamente lo prefabricado, y lo demás está prohibido. En el fondo, la frase debe sonar siempre hueca, no decir nada.
Habiéndolo observado durante décadas, notas también cuáles palabras han sido retiradas de circulación y la manera en que se ‘introducen’ otras. Las correcciones son mínimas y siempre relacionadas con la ideología. Los cambios de material léxico han de pasar inadvertidos. En realidad todo es rutina, puesto que la vida entera es rutina. En la vida cotidiana tampoco te permiten hace nada que no esté previsto, programado. No en balde, el plan es el cartel de la dictadura. ¿Y qué otra cosa significa la palabra plan que no sea rutina, conducta prevista, programada, fuera de la cual nada debe suceder?
Eso se llama rutina, y es letal para el raciocinio. Suprimir el pensamiento es lo que se quiere. He ahí la intención de fondo. Lo único que se puede hacer bajo el comunismo es tomar lo que ya ha sido previamente hecho y aplicarlo.Luego echan un vistazo a ver si te has portado bien y listo. Es decir, rutina, idiotización”.

Es asombrosa la clarividencia con que la autora ha podido captar la esencia del férreo dominio del estado marxista sobre la producción, los servicios y la creación científico-técnica, al punto de convertir lo estatal en sinónimo de estático y antiestético en la mayoría de los casos, al no haber innovación ni superación dialéctica del presente, anclado en las viejas consignas del pasado. Por si hubiera dudas, basta escuchar el discurso chavista del socialismo del Siglo XXI para poder identificar prontamente las mismas trampas y mañas usadas por Fidel Castro cincuenta años atrás, en los inicios de la Revolución Cubana.

Continúa Herta dictando su clase maestra, cuando discrepa de la opinión de Bertold Brecht de que la literatura es una de las formas privadas de la utopía:

“La literatura no es una utopía. La utopía es algo que uno se imagina y aún no existe, no ha sucedido. Mucho menos me gusta el concepto de utopía feliz. La mayoría de las veces, cuando las utopías se tornan reales, son horribles. Stalin, Hitler, Ceausescu, todos ellos perseguían utopías; Castro aún persigue la suya.
Cuando alguno de estos dictadores empieza a soñar y luego traslada su sueño a la realidad, siempre destruye a seres humanos. Así que mejor no tener nada que ver con las utopías. La literatura es fantasía, y por esta misma razón está contra la utopía. Y como ya sabemos, nada peor que las dictaduras. ¡Terrible!”

Sin duda alguna, Herta Müller sabe muy bien de lo que habla, por haber sufrido en carne propia cincuenta interrogatorios de la policía secreta de Nicolái Ceausescu, según su propio testimonio.
Como cubano, le agradezco muchísimo su mención a Castro, y la felicito por su Premio Nobel de Literatura 2009, porque si escribe con la agudeza demostrada en esta entrevista, bien vale la pena repasar su obra; parece que por esta vez la Academia Sueca controló sus impulsos de doblar siempre a la izquierda.

Baltasar Santiago Martín
Fundación APOGEO
para el arte público